XXXVII
diario de un loco de bedlam.
XXIII
En fin, después de una pausa de algunos instantes, Mr. Bruce prosiguió.
—Y sin embargo, yo estaba bien seguro de mi identidad.—Los recuerdos de mi juventud venían en tropel a mi memoria, y llegó un momento en que mi corazón latió con violencia y en que mis labios murmuraron un nombre:
«¡Miss Anna!»
Pocos días después, al cabo de mil esfuerzos, logré avistarme con el comandante militar de nuestra colonia, y le supliqué que me oyese.
Al principio me rechazó con alguna dureza, pero al fin, movido de mis ruegos, consintió en lo que le pedía.
Entonces le conté el caso en que me hallaba, y como debía de haber error de personas, puesto que yo me llamaba lord William.
El comandante me escuchó fríamente, sin interrumpirme, y cuando hube acabado, buscó la nota de mi deportación, la leyó, y me respondió: