—Vuestro nombre es en realidad Walter Bruce, y tenéis hoy poco más de veinte años. La sala del crímen de Perth os ha condenado a la deportación.
Después de vuestra condena, y mientras os hallabais aún en la cárcel de Perth, os ha acometido una enfermedad extraña, y habéis presentado tales síntomas, que os creyeron por un momento perdido.
Os cubrió una lepra horrible y perdisteis completamente la razón.
Vuestra locura ha durado muchos meses.
Fue necesario trasportaros de Perth a Liverpool en una mula, pues vuestro triste estado no os permitía andar.
Embarcado luego en un trasporte de la marina real, vuestra enfermedad ha continuado en toda la travesía, y solo al llegar aquí, es cuando ha empezado a desprenderse la lepra que os cubría el rostro.
Desde entonces la calma se ha ido restableciendo en vuestro espíritu, y se ha podido creer que vuestra locura había desaparecido.
Yo quedé aterrado al escuchar estas palabras.
Sin embargo, vuelto prontamente en mí, seguí hablándole con tal franqueza, con tal acento de verdad, citándole con nombres propios y detalles mis relaciones de otro tiempo, y supe coordinar tan perfectamente mis recuerdos, que su convicción empezó a vacilar.
—Pues bien, me dijo, consiento en escribir a Inglaterra y pedir nuevos informes.