Polito había colocado a Paulina en tierra, sosteniéndola entre sus brazos; y la pobre joven empezaba a volver en sí, y preguntaba qué era lo que había pasado.

Polito la tranquilizó como pudo, y viéndola ya en estado de sostenerse, tomó una antorcha y la encendió en la que llevaba Marmouset, y dijo adelantándose:

—Voy a explorar un poco ese camino.

Y entró por la galería.

Pero no había andado cincuenta pasos, cuando volvió para atrás y vino a reunirse con sus compañeros.

—No debemos perder el tiempo en discurrir sobre cosas inútiles, dijo.

—¿Eh? exclamó Marmouset.

—No hay nada que temer de la policía.

—¿Qué quieres decir?

—Que una parte de esa galería se ha arruinado y se halla perfectamente cerrada.