—Sí.

Mr. Bruce permaneció un momento silencioso.

Después añadió:

—Ya comprendes por lo que acabo de decirte, que todas mis esperanzas habían quedado destruidas. A partir del día en que el gobernador me comunicó la carta de sir Evandale, ya no esperé en nada y me resigné.

Mis compañeros de infamia seguían llamándome milord por burla; pero yo no volví a decir más que pertenecía a la alta aristocracia inglesa.

Así se pasaron los años.

Yo no los contaba y hasta me era indiferente la vida, cuando un día me hicieron saber que había cumplido mi condena y que estaba libre.

—Bruce, me dijo el gobernador al entregarme una pequeña cantidad, fruto de mi dura labor de cinco años, podéis escoger punto de residencia, sea volviendo a Inglaterra o permaneciendo aquí, sea pasando a Australia donde encontraréis fácilmente trabajo.

Yo opté por este último partido y me embarqué para Melbourne.

Por fortuna, llegué a aquella ciudad en un día de feria.