—He comprendido, mi pobre Walter, que amáis a mi hija y que ella os corresponde. Lo he pensado todo, y no encuentro inconveniente en vuestra unión. En Inglaterra, un enlace semejante sería monstruoso, pero en Australia somos indulgentes. Además me habéis contado vuestra historia, y creo firmemente en cuanto me habéis dicho.
—Y así es, dijo terminando Mr. Bruce, como llegué a casarme con miss Lucy, como heredé a su padre, y como en fin he conseguido ser dichoso.
—Sin embargo, milord, exclamó Tom, no creo por eso que tengáis decidido el permanecer aquí.
—Sí, amigo mío, esa es mi intención.
—¡Cómo!... ¿renunciaríais a reivindicar vuestros derechos?
—¿Para qué? respondió con indiferencia lord William, el hombre que existía en mí ha muerto para todos: ya no soy ni quiero ser otra cosa que el colono Walter Bruce.
—¡Pero es imposible!
—Soy dichoso, amigo mío.
A tiempo que decía esto, entró en la habitación su joven esposa, llevando uno de sus niños por la mano, y el otro en brazos recostado sobre el hombro.
—Mira..... dijo Mr. Bruce a Tom, ¿qué crees que me falte para ser feliz?