Pero Tom no renunciaba a la esperanza de convencer a su antiguo amo.

—Es necesario que volváis a Inglaterra, le repetía, es necesario.

A veces Mr. Bruce, cansado de su obstinación, le dejaba sin respuesta, hasta que al fin le dijo un día:

—Escúchame, mi pobre Tom, y no insistas en un empeño inútil.

—Decid, mi querido amo.

—Supongo por un momento que me decido y sigo tus consejos.

—¡Ah! ¿los seguiréis?

—Que nos volvemos a Inglaterra.

—Bien.

—Y que me presento a mi hermano.