La Australia está infestada de negros fugitivos que han huido de las colonias, donde eran esclavos, y que viven del robo, del pillaje y del incendio en esta isla que es grande como un continente.

La autoridad ha debido tomar medidas contra ellos y hasta se han creado varios regimientos de negros sometidos, que llaman la milicia negra.

Esta tropa se ha hecho muy temible y presta grandes servicios sin duda, pero es impotente sin embargo para proteger a los colonos del interior.

Los negros cimarrones, como llaman a los fugitivos, se contentan por lo general con robar algunos ganados.

Pero si creen tener queja grave o gran perjuicio de un colono o ganadero, entonces organizan contra él una verdadera expedición.

Una noche la habitación se encuentra cercada.

Estas están defendidas en general por altos muros que rodea un foso profundo: contienen una guarnición de ciento cincuenta o doscientos servidores, entre criados, gañanes y pastores, todos ellos adictos a su amo; y hay además una jauría de perros enormes y medio salvajes, que guardan los patios y las puertas de los establos y caballerizas.

Pero los negros llegan en multitud tan crecida, que a veces se cuentan por miles.

Y si la hacienda se encuentra aislada, lejos de toda habitación, y no llegan prontos socorros, el colono está perdido.

Los negros le harán a veces gracia de la vida, pero pegarán fuego a su habitación y dependencias, arrasarán los árboles, y matarán todo el ganado que no puedan llevarse.