Entonces el desgraciado colono tendrá que empezar a construir de nuevo el edificio de su precaria fortuna.

La tierra, en Australia, no tiene valor sino por los brazos que la cultivan y los rebaños que pastan su yerba salada.

Una vez dispersos los cultivadores y ganaderos, el colono queda reducido a la indigencia.

Tales desgracias son harto frecuentes hacia el interior, y Walter Bruce no debía verse libre de ella.

Y sin embargo, siempre había vivido en buena inteligencia con los negros cimarrones.

Cuando rondaban alrededor de su hacienda, solía enviarles pan, carne y aguardiente; y los negros respetaban sus ganados, y hasta le llamaban el buen blanco.

Pero una aventura amorosa vino a destruir en un momento todas estas buenas disposiciones.

Sucedió, pues, que el jefe de una de las hordas más temibles de esos bandidos, llamado Kukuren, se enamoró de una joven mulata que servía como criada en la hacienda.

La solicitó subrepticiamente por algún tiempo, y al cabo se atrevió a venir a pedirla en matrimonio a Mr. Bruce.

El joven colono le escuchó con su natural bondad y le respondió: