—Dirígete a ella. Si quiere seguirte, no me opondré a su voluntad.

El jefe lo hizo así, pero la mulata, que tenía horror de los negros cimarrones, le negó resueltamente su mano.

Kukuren juró vengarse.

Pocos días después, en medio de una noche oscura, penetró en la habitación escalando los muros, y llegando hasta el cuarto de la criada, la arrebató de su lecho y trató de huir con ella.

Pero la mulata se defendió arrojando gritos desesperados.

Uno de los pastores del colono cogió una escopeta, se asomó a una ventana, y viendo a un negro que huía, le apuntó e hizo fuego.

El negro cayó mortalmente herido.

Y como aquel negro era Kukuren, el jefe poderoso de una horda numerosa y temible, Mr. Bruce comprendió que estaba perdido.

En efecto, a la noche siguiente, la habitación fue atacada por una innumerable multitud de aquellos forajidos, a quienes los colonos de Australia han apellidado los demonios negros.

Aquello fue un sitio y una batalla.