Mr. Bruce resistió el ataque y se defendió valerosamente.

Pero sus servidores cayeron uno a uno, heridos por las flechas emponzoñadas de los negros.

Al mismo tiempo, muchos de ellos pusieron fuego a la habitación.

Atrincherado con su mujer, sus hijos y algunos de sus criados, Mr. Bruce se defendía aún con el heroísmo de la desesperación, cuando llegó la milicia negra.

La horda de Kukuren tomó entonces la fuga, y Mr. Bruce pudo así salvarse con toda su familia.

Pero en cambio estaba completamente arruinado.

Tom había conservado el famoso cinturón que los caníbales no pensaron en quitarle, y gracias a esta feliz casualidad, poseía aún setecientas u ochocientas libras esterlinas.

Esto era más de lo que necesitaban para volver a Europa.

Tom creyó entonces llegado el momento de dar el último golpe, y mirando a su amo, le dijo con acento de triunfo:

—¡Ah! lo que es ahora no dudo que consentiréis en volver a vuestro rango y reconquistar vuestro nombre!