—¡Ay! respondió suspirando Mr. Bruce, si yo fuera solo, puedes estar seguro de que permanecería aquí y que trataría de reconstituir mi fortuna; pero tengo mujer e hijos, y me espanta por ellos la miseria.

—¡En fin! exclamó Tom.

Un mes después, Walter Bruce, su esposa, sus dos hijos y Tom, se embarcaban en Melbourne, aprovechando la salida de un buque que hacía vela para Inglaterra.

Ocho días antes, Tom había escrito a Betzy:

—Al fin lo he decidido a partir. Dentro de seis meses, lord William llegará conmigo a Londres.

Y Tom dejó la Australia con el corazón henchido de esperanza, mientras que Walter Bruce vertía lágrimas en silencio, pensando en aquella habitación perdida en las praderas del noroeste, bajo cuyo techo había vivido tanto tiempo feliz.


XXXIX

diario de un loco de bedlam.

XXV