Dejemos ahora trascurrir algún tiempo, y volvamos a nuestra vez a Londres.

Nos hallamos en medio del verano.

Es decir durante el estío, que es lo que llaman los Ingleses la estación.

La ciudad de Londres, tan triste y brumosa en invierno, tiene también sus días de esplendor, que la inundan de sol y de aire puro.

Entonces las cúpulas de sus iglesias y la cima de sus edificios reverberan la luz en mil cambiantes; sus calles ostentan una animación y alegría insólitas, y sus parques y sus squares se ven llenos de una compacta multitud que parece dichosa y contenta de la vida.

Hyde-Park, sobre todo, presenta en semejantes días un espectáculo soberbio.

Los coches, los jinetes y las personas de todas clases que recorren a pie sus frondosas alamedas, se cruzan, mezclan y confunden en todos sentidos.

Mucho después de ponerse el sol, Hyde-Park está aún lleno de gente. Acá y allá, tiernos amantes recitando por lo bajo la eterna cantinela del primer amor; niños revoltosos jugando a orillas de la Serpentina; ancianos rejuvenecidos por el sol, y jóvenes lánguidas y novelescas soñando con el cielo de Italia y con las lontananzas azules que baña el Mediterráneo.

Y toda esa variada multitud va y viene, circula, y aspira con placer la brisa de la tarde que reemplaza el ardiente calor del día. Todos parecen dichosos.

Son las ocho de la noche: empieza la hora del crepúsculo, y un rayo de luz se desliza aún por entre el sombrío follaje de los añosos árboles.