Pero su obstinación en seguir a la joven, ha acabado por inspirarla temor.

Iba a tomar pues por una alameda más concurrida, cuando el gentleman pareció de repente adoptar una resolución, y adelantándose a los dos lacayos, se aproximó a lady Pembleton con el sombrero en la mano.

Lady Pembleton hizo al principio un gesto de temor; pero el gentleman se apresuró a decirla:

—Milady, ¿no me reconocéis?

Lady Pembleton dejó escapar una exclamación de sorpresa.

—¡Tom! dijo, ¿es posible?

—Sí, milady.

—Yo os creía muerto.

—Pues ya lo veis, milady, estoy vivo, y bien vivo, repuso Tom.

Lady Pembleton lo contemplaba con una especie de estupor.