—¡Ah!
Y lady Pembleton pareció de nuevo inquieta.
—Milady, prosiguió Tom, nadie debe oír lo que tengo que deciros.
—Me espantáis con vuestro tono misterioso, amigo Tom.
—Es absolutamente necesario que os hable por algunos minutos, milady.
—Pues bien, Tom, seguid a mi lado y hablad. Estamos casi solos en este momento y nadie puede oírnos.
—Tengo un secreto que confiaros, milady.
—¡Un secreto!
—Un secreto que hace algunos años os hubiera colmado de alegría.
—¡Ah!