—Y que ahora va a llenar vuestro corazón de una dolorosa tristeza.
—¡Me espantáis, Tom!
—Milady, prosiguió este, ya os lo he dicho, llego de Australia.
—¿Y qué?
—Allí he encontrado a un hombre que se acordaba de vos... que pensaba en vos con frecuencia.
—No os comprendo. ¿Quién puede pensar en mí en Australia?... preguntó lady Pembleton impasible.
—Un hombre que se llama Walter Bruce.
—Ese nombre me es desconocido, Tom.
—Es posible, milady; pero antes de llevar ese nombre, tenía otro.
—¿Cuál?