—¡En Londres! exclamó, ¿ese hombre está en Londres?
—Ese hombre que habéis amado.... y que habéis llorado.
—¿Y llegaré a verlo?
—Sí, llegaréis a verlo, milady.
Hablando así, se aproximaban en este momento a una vuelta de la alameda, donde forma un codo el riachuelo, dando origen a otra avenida.
En aquella vuelta había un banco colocado contra un sauce que lo cubría con su sombra; y en aquel banco estaba sentado un hombre, joven aún, pero cuyo rostro conservaba las huellas de largos sufrimientos.
Al ver aproximarse a lady Pembleton, aquel hombre se levantó vivamente.
—¡Miss Anna! exclamó.
Lady Pembleton se estremeció y fijó en él la vista.
—¡Ahí le tenéis! dijo Tom.