Como decíamos pues, existía en Londres por esta época, y en el número 17 de la calle de Pater-Noster, un solícitor famoso.

Este solícitor era conocido con el nombre de Mister Simouns.

Era un hombre de gran talento y toda la curia inglesa le rendía pleito homenaje.

Cada una de sus palabras valía por lo menos una guinea, pero tenía el raro mérito, en su cualidad de solícitor, de conducir los negocios al paso de carga. Los pleitos no se eternizaban en sus manos.

Mister Simouns era un hombre joven aún.

Alto, un poco obeso, con algunos raros cabellos sobre las sienes, y el cráneo enteramente desnudo, el rostro adornado con dos magníficas patillas, los labios delgados, ojos claros y azules, tez rosada, y un gracioso hoyuelo en la barba.....

Tal era mister Simouns.

Su aspecto era majestuoso, pero reflejaba a la vez una bondad natural y una franqueza, que no dejaba de atraerle partidarios.

En una ocasión se había atraído sin quererlo el sufragio de sus conciudadanos, que intentaron enviarlo a la Cámara de los comunes; pero mister Simouns rehusó este honor.

—No soy bastante rico aún, había dicho, para consagrar mi tiempo a los negocios públicos.