Mr. Simouns, como hemos indicado, conducía a veces un pleito con una rapidez extraordinaria. Los ecos del tribunal de Drury-Lane conservaban por largo tiempo los sonidos armoniosos de su elocuencia, a la vez patética y violenta.
Este célebre solícitor acababa de defender a un Irlandés comprometido en las últimas intentonas del fenianismo, y lo había hecho absolver.
Y lo que había conmovido sobre todo y encantado al pueblo de Londres, era que el pobre Irlandés no tenía una blanca en el bolsillo, y que Mr. Simouns lo había defendido de balde.
Es verdad también que Mr. Simouns, como buen inglés, sabía lo que se hacía llamando la atención sobre su persona.
Ahora bien, una mañana, Mr. Simouns llegaba como de costumbre a Pater-Noster.
En Londres, todo hombre de negocios, comerciante, notario o abogado, que ha adquirido una regular fortuna, tiene su despacho o gabinete en una calle populosa y central, pero vive con su familia en el campo.
A alguna distancia de la capital o al menos a dos o tres leguas del centro, habita por lo común en una linda casita rodeada de jardines, lejos de la mortífera atmósfera de Londres.
Mr. Simouns llegaba pues a su gabinete de Pater-Noster a las once de la mañana, y se volvía al campo a la hora de comer.
En la mañana de que hablamos, acababa de llegar como de costumbre, bajaba de su coche e iba a penetrar en el portal estrecho, oscuro y húmedo que conducía a su oficina, cuando un hombre, que parecía estarlo esperando hacía ya tiempo, dio un paso hacia él y le dijo con cortesía:
—Dispensadme, mister Simouns.