—Está muy bien, os escucho, repitió Mr. Simouns.
Un jurisperito es una especie de confesor; debe decírsele todo y él debe saber oírlo todo.
Tom no pasó nada en silencio.
Contó detalladamente la historia de sir Jorge Pembleton, y el crímen abominable de que se había hecho culpable.
Ese crímen, como ya sabemos, había dado por consecuencia el nacimiento de sir Evandale.
Tom refirió pues todo lo que había pasado: los temores de lady Evelina, la infancia de lord William y de su hermano sir Evandale, en fin el drama misterioso y terrible que había tenido lugar en New-Pembleton, y que había dado por resultado la sustitución del cadáver del presidiario Walter Bruce a lord William aletargado.
Y luego que hubo concluido, se quedó mirando en silencio a Mr. Simouns.
Este no tardó en contestarle.
—Todo lo que acabáis de decirme, repuso, es verdad sin duda, pero al mismo tiempo extremadamente inverosímil. Ahora, admitiendo que yo doy entera fe a ese relato, ¿en qué puedo serviros?
—Podéis sostener las pretensiones de lord William.