—Sí, dijo Tom, ella es: no te habías engañado.

De pronto aquella mujer pareció decidirse, atravesó la calle, y entró resueltamente en el estrecho portal de la casa.

Entonces Tom dijo a su mujer:

—Espérame, voy a salir a su encuentro.

Y se precipitó por la escalera.

La mujer que subía con paso ligero y Tom que bajaba precipitadamente la escalera, se encontraron en el descanso del segundo piso.

—¿Milady? dijo Tom en voz baja.

Lady Pembleton,—pues era en efecto ella,—se levantó vivamente el velo.

—Os buscaba, dijo.

Y echó temblando una mirada a su rededor, como avergonzada de haber penetrado en aquel casucho miserable.