—¿Nadie puede oírnos?
—Nadie.
—He querido volveros a ver, prosiguió la joven lady, para ponerme enteramente a vuestro servicio.
—¡Ah! exclamó lord William estremeciéndose.
—Caballero, continuó lady Pembleton, yo he visto a lord William muerto, sin que quedara en mi espíritu la menor duda; y sin embargo vos me decís que existe.
—Soy yo, milady; y al verme, habéis debido convenceros.
—Sea, admitamos que es así.
—¿Qué queréis decir, milady?
—Perdonad, dijo esta humildemente, os suplico que me escuchéis hasta el fin.
—Hablad.