—¿Qué exigís pues? preguntó.

—Oídme a vuestra vez, milady.

La joven esperó con ansiedad.

—Tanto como vos, tengo empeño en conservar intacto el nombre de mi familia..... el honor de la casa Pembleton. Por eso, por eso solo, desciendo también a proponer una transacción, pero que difiere esencialmente de la vuestra.

—Veamos, dijo lady Evandale.

—Un hombre cuya identidad no ha quedado establecida, sir Jorge, mi tío, conocido en otro tiempo bajo el nombre de Nizam, ha sido, como ya debéis saber, la causa primera de todas mis desgracias. ¿Por qué no haríamos de él el único culpable?

—No os comprendo, dijo la joven lady.

—¿Por qué sir Evandale, mi hermano, no reconocería públicamente que ha sido engañado por ese hombre, autor de la sustitución?

—¿Y después?

—¿Por qué no me reconocería en fin, en vez de negar pérfidamente que soy su hermano. Dividiríamos entre ambos la fortuna, y él conservaría el título de lord: ¿qué me importa? Lo único que quiero es mi nombre de Pembleton.