El relato que lady Pembleton hiciera a su antiguo prometido, era verdadero en todos sus puntos.

Lo había llorado en efecto largo tiempo, y resistido cuanto pudo a las observaciones y órdenes de su padre.

Pero al fin había sido necesario ceder, y se había casado con lord Pembleton.

Después, poco a poco llegó a amar a su marido, y el nacimiento de sus hijos la había hecho olvidar al infortunado lord William, al que, por otra parte, creía efectivamente muerto.

Tres años después, el deportado Walter Bruce, logró,—como sin duda el lector lo recuerda,—interesar en su suerte al gobernador de la colonia de Aukland.

Este había escrito a Inglaterra.

Lord Evandale se hallaba a la sazón ausente de Londres, y fue de consiguiente lady Pembleton quien recibió la famosa carta que le revelaba la existencia de lord William.

Este fue un golpe terrible para ella.

Se echó en brazos de su padre, consultándole en el extraño caso en que se hallaba, y sir Archibaldo, a quien no parecía impresionar en extremo esta noticia, la dijo con una completa calma:

—Lord William ha muerto, hija mía, y el hombre que ha hecho escribir esa misiva es un impostor. Pero de todos modos, reflexionad en lo que voy a deciros: aun dado el caso de que lord William viva, debe haber muerto para vos.