—Pero.....
—Nada, no hay que vacilar en este punto. Sois lady Evandale Pembleton, y el hermano mayor de vuestro esposo no puede, no debe existir.
Lord Evandale, al volver a Londres y al tomar conocimiento de la carta, empezó por gritar y por indignarse.
Sin embargo lady Pembleton acabó por arrancarle la confesión de su crímen.
Lord Evandale lo confesó todo, pero añadiendo que si había suprimido a su hermano, no había tenido parte en ello la ambición, sino su ardiente amor hacia miss Anna.
Esto bastó para que lady Pembleton perdonase a su esposo, y la joven amante y cándida de otros días, se convirtió, bajo el doble influjo de su padre y de su marido, en la altiva y fría gran señora que acabamos de ver entrar furtivamente en la miserable casa de lord William.
Aquella tarde, pues, sir Archibaldo y lord Evandale, que esperaban a lady Pembleton con impaciencia, la salieron al encuentro al verla llegar, y, antes de que hablase, la abrumaron de preguntas.
—¿Está verdaderamente desconocido? dijo sir Archibaldo.
—Tanto, respondió lady Pembleton, que hubiera pasado mil veces junto a él sin conocerlo.
—¿Y acepta nuestras proposiciones? preguntó lord Evandale.