Aquí fue interrumpido sir Archibaldo por la entrada de un lacayo que presentó, en una bandejilla de plata, una tarjeta de visita a lord Evandale.
El joven lord tomó la tarjeta y leyó:
El reverendo Patterson.
—¿A qué vendrá a verme ese sacerdote?
—Milord, respondió el lacayo, esa persona insiste mucho en ver a Vuestra Señoría.
—Hacedle entrar, dijo lord Evandale.
Pocos minutos después, el reverendo Patterson se presentó en el gabinete.
Era en efecto el mismo pastor evangélico que ya conocemos: el hombre flemático y frío, el sacerdote fanático e implacable con quien el Hombre gris había sostenido una lucha tenaz y sin tregua, y que perseguía tan cruelmente al clero católico de Londres.
El reverendo Patterson entró, saludó a lord Evandale, y viendo que sir Archibaldo y su hija iban a retirarse, se interpuso cortésmente y les dijo:
—¡Oh! podéis permanecer, milady, y vos también, caballero. Es hasta necesario que asistáis a la conferencia que se digna acordarme milord.