Lord Evandale contemplaba al reverendo Patterson con curiosidad.
—Hablad, caballero, le dijo.
—Milord, prosiguió el pastor protestante, soy el jefe de la Misión evangélica de la Nueva Inglaterra.......
—¡Ah! exclamó lord Evandale.
—Los apóstoles que van a llevar la luz de la fe a los salvajes de la Nueva Caledonia y de la Nueva Zelanda.
—Muy bien, dijo lord Evandale, conozco esa digna institución.
—Entonces, ya sabéis, milord, prosiguió el reverendo Patterson, que una obra semejante no podría llevarse a cabo sin hacer inmensos sacrificios; y por rica que sea hoy la asociación que presido, tiene sin embargo necesidad del concurso de los fieles.
Lord Evandale se engañó sobre el sentido de estas palabras.
—Comprendo perfectamente, mi reverendo, le respondió; venís a pedirme que contribuya para vuestra obra. Nada más agradable para mí: podéis inscribirme por quinientas libras esterlinas.
El reverendo se sonrió con cierta afectación.