—Quinientas libras, dijo, sería mucho para otro que vos, milord.

—Entonces, inscribidme por mil.

—¡Oh! milord, cuando sepáis el servicio que vengo a prestaros.....

Lord Evandale sintió apoderarse de su espíritu una aprehensión extraña.

—¿Qué queréis decir? preguntó.

—Ya sabéis, milord, repuso el reverendo, que la obra que presido tiene misioneros en todas partes.

—Bien, pero.....

—Tenemos en Aukland.

—¿Y qué?

—Y uno de ellos se halla de vuelta en Inglaterra.