—No es bastante.

—Iré a Perth sin embargo, milord; tengo allí algunos amigos, y no me será difícil encontrar dinero, respondió el fiel escocés.

Y fue inmediatamente a hacer sus preparativos de viaje.

Pero no había pasado una hora, cuando se presentó un desconocido en Adam street, y solicitó hablarle.

Este hombre era pequeño de cuerpo, ya viejo, rigurosamente vestido de negro, y toda su persona respiraba el perfume desagradable de las gentes de curia.

Saludó a Tom profundamente y le dijo con tono melifluo:

—Debo empezar por deciros, caballero, que me llamo Edward Cokeries, vuestro humilde y rendido servidor.

—Yo lo soy vuestro, señor mío, respondió Tom, pero debo confesaros ingenuamente que no tengo el honor de conoceros.

—Soy uno de los oficiales de mister Simouns, el solícitor de Pater-Noster street.

—¡Ah! eso es diferente, dijo Tom.