Y pensó para sí que Mr. Simouns habría reflexionado acaso, y encontrado tal vez el medio de volver a lord William su nombre y su fortuna.

Edward Cokeries prosiguió:

—Yo trabajo en un cuartito pequeño que da al gabinete de Mr. Simouns.

—¡Ah!

—Y cuando la puerta está entreabierta..... naturalmente, y sin que yo ponga nada de mi parte, oigo todo lo que allí se habla.

—¡Ah! ya! repuso Tom.

—Ayer habéis venido a consultar a Mr. Simouns.

—En efecto.

—Y... ¿qué queréis? he oído toda vuestra conversación.

Tom sintió despertarse en su espíritu un sentimiento de desconfianza.