—Las tendréis, dijo Tom.
Y tomó el billete, que el otro había extraído de su cartera.
—Ahora, Mr. Tom, dijo Edward Cokeries, id a Perth y traed al teniente Percy, yo respondo de todo.
Lord William, mudo de sorpresa, había asistido al fin de esta conversación.
—Y decidme, preguntó Tom al pasante, ¿debo escribiros al llegar a Perth?
—Es absolutamente inútil.
Y dicho esto, el extraño personaje saludó profundamente y tomó en seguida la puerta.
—¡Ah! mi querido amo! dijo Tom enternecido, ya veis que la hora del triunfo no está lejos!
—¿Quién sabe? dijo lord William con aire de duda.
Tom corrió inmediatamente al ferrocarril, y tomó el tren de Edimburgo.