Serían a la sazón las ocho de la noche.

Entró en un vagón de primera clase,—pues no había otros, siendo aquel el tren correo,—y a poco vino a sentarse a su lado un gentleman que llegaba en el momento de partir.

Aquel gentleman tenía un aire de franqueza y honradez que cautivaba a primera vista.

Entraron pues en conversación, y no habían andado muchas millas, cuando ya reinaba entre ellos cierta confianza.

El gentleman se puso a fumar, y ofreció un cigarro a su compañero de viaje.

Tom lo aceptó sin inconveniente.

Fumó algunos minutos, y no tardó en caer en un sueño profundo.


XLV

diario de un loco de bedlam.