XXXI
El cigarro que aquel gentleman había dado a Tom estaba sin duda impregnado de un narcótico muy activo, pues el pobre escocés durmió con un sueño de plomo durante muchas horas.
Cuando volvió en sí, se encontró en una oscuridad completa.
Quiso moverse, y se sintió agarrotado.
Le habían atado fuertemente las piernas y ligado las manos a la espalda.
Como no oía ningún ruido, dedujo de ello que el tren había cesado de marchar.
Pero bien pronto, como sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad, reconoció que no se hallaba en el vagón del ferrocarril donde se había quedado dormido.
¿Dónde estaba pues?
Deseando darse cuenta de su situación y salir de ella a toda costa, se puso a gritar con todas sus fuerzas.
Pero nadie le respondió.