Tom se volvió, acostándose sobre la espalda, y procuró palpar con sus manos ligadas el suelo donde estaba extendido; y poco tardó en convencerse de que se hallaba, como lo había creído al principio, sobre un suelo de madera, o al menos sobre un entarimado.
Al mismo tiempo sintió un fuerte olor de brea, y volvió a experimentar las mismas oscilaciones con mucha más violencia.
No había pues lugar a la duda. Tom comprendió entonces que se hallaba encerrado en la sentina de un buque, y no en un calabozo, como lo había creído antes.
Así se pasaron algunos minutos.
Poco después se dejaron oír algunos pasos en el piso superior, la luz apareció de nuevo, numerosas pisadas se sucedieron a las primeras, luego ruido de voces, y las oscilaciones continuaron con más fuerza.
En fin otro ruido más caracterizado, vino a revelarle del todo su situación: el ruido de la respiración jadeante de una máquina de vapor que se pone en movimiento.
A él se mezcló bien pronto el de la rotación de una hélice, y el fragor del agua agitada con esfuerzo.
Tom se hallaba, pues, a bordo de un buque de vapor.
¿Cómo se había operado este cambio, y de que manera habían podido trasportarlo desde el ferrocarril donde en mal hora se quedara dormido?
¿Adónde se dirigía aquel buque?