Esto es lo que Tom no podía adivinar.

Tampoco podía comprender en qué manos había caído, y sin embargo el nombre de lord Evandale le vino instintivamente a los labios.

Entonces se puso a gritar de nuevo y con más fuerza; pero fue inútil, pues nadie acudió a este llamamiento.

El buque acababa sin duda de levar el ancla, y los marineros y toda la tripulación se hallaban ocupados en la maniobra de partida, y no pensaban en él en aquel momento.

La máquina hacía un ruido infernal y la hélice precipitaba sus rotaciones.

Pero Tom seguía gritando sin desalentarse.

En fin, los pasos que ya había oído, resonaron de nuevo sobre su cabeza.

A poco se abrió una escotilla, una luz vivísima hirió la vista de Tom al salir de pronto de la oscuridad, y un hombre asomó en seguida la cabeza.

Aquel hombre llevaba un sombrero embreado y un chaquetón azul.

—¡Eh! individuo! ¿eres tú quien hace todo ese escándalo? dijo mirando a Tom.