El día se pasó así, luego la noche, después otro día por entero.....

Dos veces en cada veinte y cuatro horas, el mismo marinero traía de comer a Tom, le desataba las manos, y así que acababa su frugal comida, volvía a atarlo de nuevo.

En fin, al cabo de tres días, el marinero, al llegar como de costumbre, le dijo:

—Tengo nuevas órdenes del capitán.

—¡Ah! exclamó Tom.

—El capitán juzga inútil el dejarte por más tiempo en este sitio.

—¿De veras?

—Sí, y me ha dado órden de desatarte y de conducirte sobre cubierta.

Ya no hay riesgo en hacerlo.

—¿Qué queréis decir? preguntó Tom.