—¡Bah! es necesario ser un topo para no comprenderlo! dijo el marinero. Estamos ya a cien leguas de las costas de Inglaterra, y no hay miedo de que puedas escaparte a nado.

—¡Ah! repuso sencillamente Tom.

Y se dejó desatar de pies y manos sin añadir una palabra, recobrando al fin la completa libertad de sus movimientos.

El marinero lo condujo sobre cubierta.

Tom reflexionaba en tanto y se decía para sí:

—Me hallo a bordo de un buque del Estado. El capitán es un oficial de marina y debe ser un cumplido caballero. Voy a dirigirme a él. Es imposible que no me escuche y que, al escucharme, no acabe por reconocer que soy víctima de un error o más probablemente de una intriga criminal. Y en ese caso me hará volver a Inglaterra con el primer buque que encontremos.

Y Tom, firme ya en este propósito, esperó una ocasión propicia para hablar con el capitán.

Los hombres de la tripulación lo miraban con extrañeza, y ninguno le dirigía la palabra.

En fin, algunas horas después, y cuando empezaba a caer la tarde, el capitán se presentó en el entrepuente.

Tom se fue derecho a él y le saludó con respeto.