Pero a las primeras palabras que dijo, el capitán le interrumpió y repuso secamente:
—No tengo explicaciones que daros. He recibido órdenes terminantes respecto a vos, y las ejecuto. Es cuanto tengo que deciros.
Y le volvió la espalda.
Tom no se desalentó con esta respuesta, e intentó un nuevo paso dirigiéndose al segundo.
Pero este le recibió peor todavía.
Aquel oficial no se dignó escucharlo y le dijo con dureza:
—Si os quejáis, os hago poner un grillete y encerrar de nuevo.
Entonces el pobre Tom bajó la cabeza y se retiró diciendo para sus adentros:
—Está bien: veo que no puedo contar sino conmigo mismo.
Y con la calma imperturbable que caracteriza a los Ingleses, no habló más palabra con nadie, y esperó una ocasión para recobrar su libertad.