Tom iba de un lado a otro con indiferencia: parecía enteramente resignado con su suerte, y a esto había debido el que le permitieran a bordo una completa libertad.

Podía pasearse a toda hora sobre cubierta, y hasta le toleraban el que hablase con los marineros.

Tom no se quejaba ya, ni pedía que le dejasen desembarcar o pasar a otro buque para volver a su país; pero observaba cuidadosamente todo lo que ocurría a su rededor, y exploraba sin cesar el horizonte, esperando siempre ver asomar alguna vela.

La actitud preocupada del capitán, no escapó pues aquel día a su mirada investigadora.

Al mismo tiempo no apartaba la vista del elevado pico que se alzaba majestuoso en el horizonte.

Al cerrar la noche, el capitán dio la órden de parar la máquina y poner a la capa.

Tom se estremeció de alegría.

El viento fue cayendo poco a poco; el mar se levantaba por grados, las olas se coronaban de espuma, y las nubes iban avanzando en grupos cerrados y amenazadores.

—Vamos a tener un famoso chubasco, murmuraban los marineros.

En fin, la noche cerró por completo, y con la noche vino la tempestad.