Una tempestad terrible, espantosa.
El steamer iba de un lado a otro a la ventura, ya en la cima de las encrespadas olas, ya en los hondos abismos que se abrían en el Océano.
Y al mismo tiempo aumentaba la oscuridad.
Tom sabía que la isla de Tenerife se hallaba a lo más a dos leguas de distancia.
En fin, en el momento en que la tempestad estaba en su mayor fuerza, y cuando toda la tripulación ocupada en la maniobra, obedecía como un solo hombre a la voz tonante del capitán, y mientras que los mástiles se plegaban y crujían a la fuerza del viento; una voz dominó todos estos ruidos gritando:
—¡Un hombre al mar!
¿Aquel hombre había caído al agua por accidente, había sido arrebatado por una ola, o es que voluntariamente se arrojara al mar?
Nadie hubiera podido decirlo en aquel momento.
Además, ¿quién era aquel hombre?
¿Era un marinero o un pasajero?