Ni siquiera pensaron en averiguarlo.
Sólo a la mañana siguiente, cuando apareció el día, se fue sosegando la tempestad, y el capitán pudo hacerse cargo de las averías del buque; fue cuando vinieron a decirle que el hombre que había caído al mar era Tom.
El capitán se encogió de hombros.
—El pobre diablo ha querido escaparse, dijo, pero estábamos muy lejos de la costa, y se habrá ahogado.
Y yendo a su camarote, escribió en el libro de bordo:
«Esta noche pasada, en medio de una borrasca bastante fuerte, el nombrado Tom, a quien yo conducía a América, de órden y por cuenta de la Misión evangélica, cuya dirección reside en Londres, ha sido arrebatado de cubierta por una ola, y se ha ahogado.»
Después de esto, el vapor continuó su camino.
El capitán se engañaba. Tom no se había ahogado: Tom era un diestro y vigoroso nadador.
El intrépido Escocés fue por largo tiempo juguete de las olas. Tan pronto levantado por ellas a considerable altura, tan pronto sumido en abismos inconmensurables, había a pesar de ello nadado sin descanso, hasta que tuvo la fortuna de encontrar un trozo de mastelero, procedente de las averías del buque.
Aquel madero flotante fue su tabla de salvación.