Al tropezar con él lo asió fuertemente, y poniéndoselo bajo el pecho, siguió nadando con más seguridad, sino con menos fatiga, y a fuerza de constancia, logró al fin tocar tierra, cuando ya se abandonaba al mar sin aliento.

El compañero de viaje que le había ofrecido un cigarro en el vagón a su salida de Londres, y las personas que se habían apoderado de él aletargado para trasportarlo a bordo del Regente, habían omitido un ligero detalle.

Por olvido o indiferencia, le habían dejado el cinturón de cuero en donde el Escocés guardaba su fortuna; aquel mismo cinturón que no tentara tampoco la codicia de los salvajes de la Oceanía.

De consiguiente, Tom tenía dinero.

Al salir el sol, lo encontró desmayado en la playa, a un tiro de ballesta de la pequeña ciudad de Laguna.

Un pescador que venía a retirar sus redes, destrozadas por la tempestad, le prodigó sus cuidados y lo volvió a la vida.

Tom contó, al recobrar sus sentidos, que iba como pasajero en el vapor británico el Regente, y que una ola le había arrastrado de la cubierta, en la tempestad de la noche anterior.

El pescador lo condujo a Laguna y le dio hospitalidad.

Así como Santa Cruz, la capital de la isla, Laguna posee muchos Ingleses.

Tom se hizo conducir a casa del Cónsul, refirió su pretendido accidente, y pidió una autorización para ser trasportado a Inglaterra.