Para esto le fue necesario esperar que pasase un buque con este destino.
En fin, al cabo de ocho días, un bergantín dinamarqués hizo escala en Santa Cruz.
Aquel bergantín se dirigía al mar del Norte y debía tocar en Newcastle, lo que convenía perfectamente a Tom, pues quería ir a Escocia antes de volver a Londres.
La travesía duró cerca de un mes.
Pero ya había escrito desde Tenerife dos cartas: una a su mujer Betzy, y otra a lord William.
En ellas contaba todo lo que le había sucedido, y les aconsejaba que dejasen la casa de Adam street, que se ocultasen en cualquier otro barrio apartado de Londres, y que no determinasen ni hiciesen nada antes de su vuelta.
Al mismo tiempo les rogaba que le contestasen a Perth, al apartado del correo.
En toda su desastrosa aventura, Tom no había adivinado más que una parte de la verdad.
Estaba en la convicción de que el pasante Edward Cokeries había obrado de buena fe, y creía aún que el amigo que le había escrito de Perth, confirmándole la existencia del teniente Percy era en efecto sir John Murphy, a quien había tratado en otro tiempo.
La asechanza de que había sido víctima, la atribuía a lord Evandale.