Tom desembarcó pues en Escocia, y no se detuvo un momento hasta llegar a Perth.
Su primer cuidado, antes de aposentarse, fue ir a la oficina de correos, donde esperaba encontrar cartas de lord William o de Betzy.
Pero ni uno ni otro le habían escrito.
Entonces corrió en seguida al domicilio del antiguo chalán Murphy; y allí supo, con un asombro difícil de definir, que aquel hombre había dejado a Perth hacía muchos años.
De consiguiente no era él quien le había escrito.
Tom no se desalentó sin embargo.
Sin pensar siquiera en descansar, se puso en seguida en busca del teniente Percy.
Pero todas sus diligencias fueron inútiles.
En ninguno de los barrios de Perth habían oído jamás hablar de aquel hombre ni nadie le había visto.
Entonces recordó Tom, aunque tarde, la incredulidad que manifestara lord William cuando le enseñó el billete anónimo que le indicaba la residencia del teniente Percy en Perth; y reconoció en fin que había obrado a la ligera.