Así anduvo de un lado a otro hasta las seis de la tarde, hora en que tomó la vuelta de la City y se dirigió a la calle de Pater-Noster.
Todos los escribientes se habían ya ido, pero Mr. Simouns esperaba a Tom.
—¿No habéis encontrado nada? le dijo.
—¡Ay! no señor, respondió Tom.
—Entonces yo he sido más dichoso.
Tom lanzó una exclamación de alegría.
—¡Oh, no os alegréis tan pronto, mi pobre Tom! dijo el solícitor.
—¡Pues qué!..... por acaso..... ¿han muerto?
—No, pero han sido víctimas de una maquinación infernal. ¿Sabéis dónde se halla lord William?
—¡Decid!... ¡decid! preguntó con ansiedad el pobre Tom.