—Está en Bedlam.

—¿En un hospital de locos?

—Sí, amigo mío.

Tom levantó las manos al cielo con aire desesperado.

Mr. Simouns añadió:

—Tenemos en Londres un detective muy hábil que se llama Rogers. Algunas veces he empleado a ese hombre con éxito, y estaba seguro de antemano que dirigiéndome a él, llegaría a saber el paradero de lord William y su familia, así como de vuestra mujer.

De consiguiente hice venir a Rogers esta mañana, apenas me dejasteis.

El agente de policía conocía perfectamente el asunto de que le hablaba, y así no me dejó acabar.

—Ese negocio, me dijo, me ha pasado por las manos. No quise encargarme de él, pero puedo deciros todo lo que ha ocurrido sobre el particular.

Y he aquí lo que Rogers me ha contado, prosiguió Mr. Simouns: