Sin embargo, el fiscal había retrocedido ante la enormidad del escándalo y la dura necesidad de hacer comparecer en justicia y acusar a un par del reino, y había instado vivamente para que interviniese una transacción entre los dos hermanos.
Lord William recibiría como compensación una suma de doscientas cincuenta mil libras esterlinas, y la propiedad de un palacio que la familia Pembleton poseía en París, en el faubourg Saint-Honoré, y consentiría en vivir en adelante en Francia.
A esta condición se añadía la de salir de Londres en el acto.
Lord William partía pues para Folkestone, donde iba a esperar a su mujer y a sus hijos.
Al mismo tiempo rogaba a Betzy que fuera a Perth a reunirse con Tom, que le noticiase la transacción que había tenido lugar, y que, volviendo con él a Londres, arreglasen sus asuntos, y salieran después para Francia.
La esposa de lord William no dudó un momento de la autenticidad de esta carta.
En ella venía adjunto un billete de cien libras, y así no le fue difícil hacer al día siguiente sus preparativos, y partir por el tren correo de las ocho de la noche, en el railway del Sur.
Desde ese momento no se la ha vuelto a ver, ni a ella, ni a sus hijos.
—Pero, ¿y lord William? dijo Tom, ¿qué ha sido de él?
—El extraño escrito presentado en su nombre al tribunal, sólo ha servido para hacer dudar de su razón.