Tom lo miraba con ansiedad y, por decirlo así, suspendido a sus labios.
En fin, el solícitor levantó la cabeza y fijándose en su interlocutor, prosiguió:
—Según me dejáis dicho, amigo mío, habéis buscado al teniente Percy por todas partes.
—¡Ay! sí, señor; y todo me hace creer que ha muerto.
—Os engañáis.
—¿Creéis que vive aún? exclamó Tom vivamente.
—Tengo la certeza.
—¡Ah!
—Y la prueba.
Tom sintió renacer en su corazón la esperanza.