—Escuchad, prosiguió Mr. Simouns; mientras que vos corríais de un lado a otro en busca de ese hombre, yo lo buscaba también.

—¿Y lo habéis encontrado?

—El teniente Percy vive todavía, y no solamente no está ciego ni enfermo, sino que goza de todas sus facultades.

—¿Y reside en Londres?

—Sí.

Y diciendo esto, Mr. Simouns tiró del cordón de una campanilla.

A los pocos instantes se presentó uno de sus escribientes.

—Tomad mi carruaje, le dijo Mr. Simouns, y corred a Dover-Hill. Ya conocéis al hombre que vino con vos ayer. Conducidlo aquí al instante.

El pasante partió de seguida.

Entonces Mr. Simouns añadió: