—Hace poco, os abandonabais a la desesperación, amigo mío. El exceso en todo, no es cosa razonable: así, no vayáis ahora a entregaros a una inmoderada alegría.

—Sin embargo.....

—Escuchadme hasta el fin. El teniente Percy está en efecto en Londres: hablará cuando sea requerido, mediante una suma de dinero que he prometido entregarle. Hará más aún.

—¿Qué?

—Hará intervenir a los dos capataces que le acompañaban y que fueron cómplices en la sustitución de lord William por el cadáver de un forzado.

—¡Oh! pero entonces...... exclamó Tom gozoso.

—Esperad. Esos tres hombres han dejado el servicio y tienen hoy una modesta posición. Pero luego que hayan declarado, no solamente perderán su pensión de retiro, sino que caerán además en manos de la justicia.

—¡Ah! repuso Tom.

—Y serán, por lo menos, condenados a la deportación.

—Pero ante esa perspectiva, ¿cómo podéis creer que se atrevan a declarar la verdad? observó Tom, que había recobrado poco a poco su sangre fría.