—He encontrado el medio de hacerles hablar y de sustraerlos al rigor de la ley.

—¿Qué medio es ese? preguntó Tom.

—En primer lugar daremos a cada uno de ellos mil quinientas libros esterlinas; que es el precio que han puesto a sus revelaciones.

—Bien.

—En seguida dejarán la Inglaterra, pasarán el estrecho y se establecerán en Francia. No tienen que temer la extradición, pues no se halla establecida para esa clase de crímenes.

—Pero, en ese caso, no dirán nada.....

—Al contrario, declararán con entera libertad.

Tom no acertaba a comprender lo que oía.

—Una vez en París, prosiguió el solícitor, se presentarán al embajador británico y le revelarán el misterioso crímen de Pembleton: añadirán además ciertos detalles relativos al alcaide de la cárcel de Perth, que ejerce aún hoy día sus funciones, y que ha sido el más culpable en todo ese negocio.

Ese hombre, cogido de improviso, lo confesará todo.